Bailando con mis demonios

Hola people, acá ando de nuevo con esta entrada.
Esta vez te hablaré sobre mis demonios, o así es como yo le llamo a esa parte oscura de mí. Esa parte que no se ve y que no muestro en redes, pero que está ahí.

Esa parte que niego y reprimo muchas veces, pero cuando sale… sale de forma muy excesiva. Por eso he aprendido a bailar con ellos. Y no es fácil bailar a su compás. Ver que en ti habitan esos demonios puede ser bastante complicado de aceptar y asimilar. Yo los he negado, no he querido verlos, pero ellos salían con más fuerza que nunca.

Cuando hablo de mis demonios, hablo de muchos de mis traumas. Y no solo de ellos: también de mis carencias, de mis vicios, de mis hábitos e incluso de mi estilo de vida.

No te los enumeraré uno a uno, mis traumas de momento me los guardo. Pero sí te voy a hablar de esos vicios que he tenido. Por ejemplo, comprar de forma impulsiva, a tal punto de sobreendeudarme solo para llenar vacíos. Fumar, que fue otro, aunque ese se fue y espero que no vuelva. La falta de movimiento y de disciplina conmigo misma, ese también fue uno… aunque todavía aparece de vez en cuando. bailamos juntos de vez en cuando.

Hay uno que despierta cuando doy con la persona adecuada: y es… la pasión desmedida. Ese suele dormir, y de hecho lo puedo dejar dormido por largos periodos reemplazándolo con otras pasiones (no sé si me entiendes). Ese demonio sí me da un poco de miedo, porque puede hacerme perder la cabeza y confundir las cosas con amor, cuando es lo que es. Este demonio incluso puede llegar a desestabilizarme, idealizar, aun andamos intentando seguirnos los pasos y bailar, pero a día de hoy creo que no hemos dado con personas que a pesar de ser adecuada para las pasiones, no era la adecuada para el amor y es por eso que aun seguimos con muy poca coordinación cuando intentamos bailar juntos. (este tema será otra entrada)

El otro es el bebedor social. Ese al que le mola su copita de vino o su cerveza de cereza. Ufff, ese me pierde. Pero ya lo conozco: sé que de dos o tres copitas no puede pasar. Si voy más allá, al día siguiente me llega esa sensación depresiva, y por ahí no quiero pasar. Aunque también depende de muchos factores, y de mi estado de animo.

Si me preguntas: “Oye, Gisel, si te hace mal, ¿por qué no lo dejas del todo?”. Pues porque, para ser honesta, no me da la gana. No me da la gana de dejar de salir y cenar con mi copita. Siento que no he llegado a ese punto. A pesar de que hay personas que lo dejan al 100%, yo de momento no. Y sí, con estos nuevos pseudocoaches que pululan en internet, a veces te hacen sentir fatal por tomarte tus copitas: como si no estuvieras a su nivel porque bebes. Ole tus cojones si lo dejaste, pero yo aún no. No siento que haga un mal uso, aunque si te dijera que nunca me he excedido y liado… te mentiría.

Como profe de yoga y madre, a veces siento que tengo una responsabilidad enorme en “dar la talla” y ser una persona honorable (jajaja, es broma). Mis hijos y mis alumnos me conocen, pero es verdad que hay momentos en los que hay que controlar a los demonios y saber dónde está el límite. Ese punto donde no podemos poner en riesgo nuestra integridad ni la de los demás. Donde toca parar y decir: hasta aquí llegué.

Cada uno se conoce y conoce sus límites. El mío radica en hacerme responsable de mis actos y ser consciente de que, pasada cierta cantidad, no puedo seguir. No solo por el efecto negativo en mí, sino también por cómo repercute en mis actos… y, sobre todo, por esa sensación que me queda al día siguiente: vacío, tristeza, arrepentimiento.

¿Lo dejaré al 100%? No tengo ni idea. Porque disfruto demasiado de ese placer: cenar con una copa, ponerme chispi chispi. Pero también disfruto al día siguiente de no despertar con resaca, con claridad para entrenar. Así que ya lo sé: no puedo excederme. Todo en exceso es malo.

Mientras tanto, seguiré de disfrutona por la vida.

Ya iré contando detalles de todo.

😏

Deja un comentario